Derechos Humanos, Desarrollo, Educación, Género, Gobierno, LGBTI, Mujeres

Más que diverses, disidentes.

Ps. Idream Menares Valdivieso

En junio conmemoramos el mes del orgullo LGBTIQ+. Las empresas se ponen en masa sus camisetas de arcoíris, el retail se llena de promociones de edición limitada acorde a la fecha, los hashtags se vuelven de colores. Hasta la comida rápida saca sus combos exclusivos para conmemorar la ocasión. La palabra “diversidad” no cesa de repetirse y enaltecerse, dando cuenta de lo mucho que la comunidad LGBTIQ+ ha conseguido y cómo ahora, o más bien siempre, todos hemos sido iguales.

Parece olvidarse, como pasa también con el 8M, que el origen de esta conmemoración es un hecho histórico de connotaciones marcadamente políticas: los disturbios de Stonewall Inn, acontecidos el 28 de junio de 1969 en Greenwich Village, Nueva York, considerados como el inicio de la lucha por los derechos LGBTIQ+ en Estados Unidos.

Da la sensación de que se quiere ignorar deliberadamente este hecho, hacernos creer que la igualdad es una realidad y que ya no es necesario mirar al pasado y recordar las profundas discriminaciones sufridas y las luchas que hemos vivido. Que ya no es peligroso salir a la calle expresando abiertamente una identidad no hegemónica, una sexualidad no heteronormada. Pareciera ser que lo que se debía hacer se hizo y hoy solo queda celebrar.

Basta, sin embargo, un pequeño paseo por redes sociales para observar los discursos de odio que aún se mantienen vigentes. Un ejemplo reciente es la crítica que ha generado la película Lightyear por incluir una relación entre dos mujeres, algo que Cineplanet Perú advierte como “escenas con ideología de género”. Y si bien es posible leer opiniones en desacuerdo con la declaración, también es posible leer múltiples comentarios de apoyo al comunicado por considerar inapropiado que algo así sea mostrado en una película para niñes y que esta advertencia debería estar en todos los países. 

La avalancha de publicidad aparentemente pro LGBTIQ+ que vemos en junio enmascara que la diversidad no es sinónimo de igualdad, que la población cis heterosexual sigue gozando de privilegios de los que no todes gozan. Es diversidad, sí, pero es aún jerárquica y normativa, ocultando una profunda discriminación y odio que siguen siendo reales. Y a la vez convierte dicha diversidad en un producto de mercado. 

Val Flores alude a esto al señalar que el uso del concepto diversidad lejos de superar la desigualdad, la reproduce y fija. Genera una falsa armonía entre las partes que componen esa diversidad y vacía de sentido las políticas de autoafirmación identitaria. En la noción de diversidad somos todes iguales e inclusives, desligando lo político e histórico de las vivencias de las personas LGBTIQ+ (Flores, 2012).

En la misma línea, Paul B. Preciado expone su propia vivencia de transición como una forma de describir “modos políticos de normalizar o construir el género, el sexo o la sexualidad” (Preciado, 2019) que constituyen un saber que se aparta de los saberes hegemónicos que han construido la medicina, la psicología o los medios de comunicación respecto a la vivencia trans. Es un saber propio que escapa de los discursos normativos y les hace frente, que denuncia sus sesgos y prejuicios.

Tanto Flores como Preciado aluden a la noción de disidencia al hablar de sus experiencias. Una disidencia sexual que contrasta con los pactos hegemónicos que han restringido y sancionado los modos de habitar los cuerpos. Que contrasta con las teorías que las ciencias han escrito sobre elles desde una matriz de pensamiento heteronormativa. Una disidencia que reconoce una lucha en curso en vez de resignarse a vivir en la ilusión de la igualdad que a veces se nos vende como certeza.

Considero que el concepto de disidencia restituye el valor político e histórico de nuestras vivencias frente al intento del mercado y de la sociedad hegemónica de reducirnos a un objeto fetiche e invisibilizar las diversas formas de violencia de las que las personas LGBTIQ+ siguen siendo víctimas. Es un recordatorio de que son vidas que existen, viven, aman, luchan. Nos moviliza a no guardar silencio y a seguir generando cambios.

No se trata de negar ni dejar de celebrar los logros y avances que se han conseguido, que no han sido pocos. Muy por el contrario, es hacerlo desde un lugar que nos es propio. Es ahí donde está el verdadero orgullo de ser quienes somos. 

Referencias:

Flores, V. (1 de mayo de 2012). Estéticas de la infidelidad y políticas del (des)nombrarse: una proclama desde la disidencia sexual. Escritos Heréticos. http://escritoshereticos.blogspot.com/2012/05/esteticas-de-la-infidelidad-y-politicas.html

Preciado, P. (2019). Yo soy el monstruo que os habla. Informe para una academia de psicoanalistas. Anagrama.

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