Opinión, Psicología y sociedad

La “P” que no va en LGBTQI+

Durante la década de los sesenta surgen diversas organizaciones de activismo en torno a la pedofilia y la legalización de la pornografía infantil. En 1997 se comienza a “conmemorar” cada 24 de junio el “Día del orgullo pedófilo”, idea nacida en Estados Unidos, la que originalmente llevaba el nombre de “Boy love day” o en su traducción al español “Día del amor a los niños”.

El pasado 25 de abril de este año, la BBC Mundo arrojó un alza en Europa de más de 17.000 descargas de material pornográfico infantil en la semana del 17 al 24 de marzo, tres días después que el gobierno español declarase estado de alerta dada la pandemia mundial. Posteriormente dichas descargas aumentaron casi un 25%, alcanzado más de 21.000 la semana del 24 al 31 de marzo.  En diversas plataformas virtuales como Facebook, Twitter y otras redes sociales, proliferaron grupos que promovían la pedofilia a través de un movimiento conocido como “Minor – attracted person” o MAP, traducido al español como “personas atraídas por menores”. Este movimiento social busca que la Organización Mundial de la Salud (OMS) remueva la pedofilia de los Manuales de Salud Mental y que esta sea aceptada socialmente como una orientación sexual más. Dicho movimiento, busca fundamentar su posición apelando a la libertad del deseo humano utilizando la consigna “Love is Love”, tan promovida por la comunidad LGBTQI+, a la espera de ser reconocidos por esta.

Becerra (2009) define la pedofilia como la atracción erótica o sexual que una persona adulta siente hacia niños o adolescentes menores a 12 años (p. 191), haciendo la distinción con el término “hebéfilo”, utilizado para la designación de adultos que escogen como objeto sexual a adolescentes de más de 12 años y con “pedohebefílico”, adultos que sienten atracción sexual por ambos grupos de edades.   No existiría una edad de inicio para esta patología, podría darse tanto en adolescentes como desarrollarse a edades adultas y de igual manera la variabilidad de conductas que pueden realizar es amplia: exhibicionismo, voyerismo, caricias, frotar los genitales contra un niño/a, masturbación en presencia de estos, sexo oral, y penetración anal o vaginal (Fre – und y Kuban, 1993; APA, 2002).

La sexualidad es un proceso que se encuentra presente durante todo el ciclo vital, encontrándose en constante transformación, evolución y maduración. Al ser un proceso dinámico se va organizando en distintas etapas y contando cada una con sus peculiaridades (Haberland & Roodow, 2015). Con mucha frecuencia se tiende a asociar la sexualidad únicamente con la genitalidad (hombre: pene, mujer: vagina) o el erotismo, cuando en realidad es una dimensión amplia que incluye otros aspectos tales como manifestaciones relacionadas con el género, vínculos afectivos, entre otras (Rubio, 1998).

Cuando un adulto interviene mediante cualquier tipo de vinculación sexual en estas etapas del desarrollo, hay una evidente asimetría dada por la posición de poder del adulto y la vulnerabilidad del niño/a o adolescente frente a este. Cualquier acto sexual implícito o explícito con un menor de edad carece de pleno consentimiento al estar presentes elementos de poder y subordinación, distorsionando, sin duda, una relación libremente consentida.

Ahora bien, en cuanto a las consecuencias psicoemocionales que experimentan a corto plazo lxs menores abusados, éstas alcanzan una cifra de un 80%, dependiendo del grado de culpabilización que siente el menor o de las estrategias de afrontamiento que disponga la víctima. Estamos hablando de reacciones que van desde síntomas ansioso-depresivos, fracaso escolar, dificultades en la socialización y comportamientos sexuales agresivos. En cuanto a consecuencias a largo plazo se hacen más habituales en la esfera sexual: disfunciones sexuales y menor capacidad de disfrute, también depresión, trastornos de estrés post traumático y control inadecuado de la ira, que pueden dirigirse de manera exterior a conductas violentas o canalizándolas en conductas autodestructivas (Echeburúa & De Corral, 2006).

Los movimientos pedófilos buscan pertenecer a nuestra comunidad LGBTQI+ empleando el concepto de ser considerados como “pedosexuales” (persona atraída por menores) con el fin de suavizar el término de pedófilo y de este modo, arrimarse a los valores que como comunidad solemos promover, tales como; el respeto, la tolerancia, la libertad, la aceptación, entre otros. Sin embargo, es sumamente contradictorio atribuir estos valores a la pedofilia y por sobre todo, definirla como otra forma de “amar”, existiendo en la mayoría de estos “encuentros”, heridas tan profundas a nivel emocional que impide el desarrollo de una vida sexual plena. Siendo necesario pasar por terapias enfocadas en poder elaborar dicha experiencia traumática y externalizar el sentimiento de culpa que muchas víctimas experimentan, al mezclar un posible placer entendible solo desde la estimulación de zonas erógenas, pero en manos de una persona que usa y abusa de su rol de poder.

Por todo lo planteado, declaramos firmemente que la “P” de pedofilia no forma parte de nuestra comunidad LGBTQI+, no es una orientación sexual, no es una vía amatoria válida, no se basa ni en la libertad, ni en la valoración, ni en el respeto por el otro, por el contrario, es un delito grave que vulnera los derechos humanos fundamentales de las víctimas.

Por Rodrigo Figueroa, psicólogo e integrante del área de Psicología y Diversidades de CERES.

Fuentes:

Becerra García, J. A. (2009). Etiología de la pedofilia desde el neurodesarrollo marcadores y alteraciones cerebrales. Revista de Psiquiatría y Salud Mental, 2(4), 190-196. https://doi.org/10.1016/s1888-9891(09)73237-9.

Becerra García, J. A. (2012). Consideraciones sobre la clasificación diagnóstica de la pedofilia en el futuro DSM-V. CUADERNOS DE MEDICINA PSICOSOMÁTICA Y PSIQUIATRÍA DE ENLACE, 49-54. file:///C:/Users/Ernaldo/Downloads/Dialnet-ConsideracionesSobreLaClasificacionDiagnosticaDeLa-4393284.pdf

Echeburúa, E. & Corral, P.D.E (2006). Secuelas emocionales en víctimas de abuso sexual en la infancia. Cuadernos de Medicina Forense43-44, 1-7. https://doi.org/10.4321/s1135-76062006000100006

Haberland NM, Roodow D. Sexuality Education: Emerging Trends in Evidence and Practice. Journal of adolescent health 2015;56: S15 – S21.

Rubio, A. E. (1998). Introducción al estudio de la sexualidad. En Pérez, F. C. J.; Rubio, A. E. (Eds.) Antología de la sexualidad humana. 2a ed. (pp. 17-46). México: Conapo (Trabajo original publicado en 1994).

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