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En memoria de Ana González

Para muchos de quienes trabajamos en el mundo de los derechos humanos, enterarnos de la muerte de Ana González fue un golpe en el corazón. Ana, de 93 años, perdió a su familia a manos de los servicios de represión del Estado de Chile durante la dictadura cívico militar. Como tantos familiares de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos en América Latina, su pérdida se convirtió, no sólo en un motivo de duelo, sino también de resistencia y lucha por justicia y democracia.

No tuve la suerte de conocer a Ana González de cerca. Mi madre, hoy defensora de derechos humanos, sí. Viniendo de una familia de exiliados, personas como Ana transitaron y transitan siempre por mi vida. Ayer, 25 de octubre, se cumplieron 5 años de la muerte de Laura Moya, otra de las viejas incansables del mundo de los derechos humanos. Laura comenzó la Fundación 1367 en honor a su sobrina, Lumi Videla, quien fue asesinada y lanzada a la Embajada de Italia en un montaje de la “inteligencia” estatal de la dictadura. Hoy, en este momento de duelo, me permito hacer un llamado a la lucha, como hizo Ana en su momento, como hizo Laura en su momento, como hacen Madres de Plaza de Mayo en Argentina, como hacen las viudas de pueblos remotos de Colombia azotados por la violencia del Estado y los paramilitares.

Una de las heridas más fuertes de América Latina es la falta de verdad y justicia. Verdad y justicia no sólo en la forma de un lema que nos repetimos en el aniversario del golpe de Estado, sino una verdad que nos permita ver con claridad lo que fuimos, lo que somos y lo que debemos ser. Una verdad que desnude, no sólo los horrores de la dictadura, sino su dirección y sus perpetradores. Pinochet era una figura demasiado simplona como para orquestar la barbarie que se cometió en nuestro país. La CIA existe en todo el mundo ¿Cómo es que sólo un puñado de países tuvieron dictaduras tan sangrientas como las nuestras? La respuesta yace en los cómplices, civiles, militares y burocráticos del terrorismo de Estado.

La complicidad en el horror no sólo comprende los Mamo Contreras, o a los Piñera, o a los Labbé. La complicidad en el horror es también un país entero que se siente cómodo con miles de personas desaparecidas y ejecutadas y tan, tan pocos condenados por delitos de lesa humanidad. Un país que se siente cómodo con cárceles de lujo para quienes cometieron los peores crímenes en contra de todo el país. El orden de la transición no sólo se sostiene en la complicidad, por miedo o ineptitud, de quienes tomaron el poder luego del plebiscito, sino también por la comodidad, de todas y todos nosotros que dejamos a los mismos militares hacer y deshacer en las Fuerzas Armadas, aún cómplices y silenciosos. Que dejamos a los empresarios que se enriquecieron a costa de sangre seguir pagando políticos para que les hicieran leyes a medida. Nuestra comodidad que dejó a Ana González y sus compañeros y compañeras pelear por justicia solas y aisladas.

En vida, Ana pidió que la despidieran con una gran fiesta. Con todo el dolor de su vida, con todas sus pérdidas, sus penas, habiendo vivido sin que se hiciera justicia, sin saber la verdad sobre sus familiares, con la angustia acuestas, Ana tenía una de las sonrisas más hermosas que he visto. Conservo una foto de esa mágica sonrisa y cuando la miro me llena de energía. En este tiempo de duelo, mi llamado es a que no permitamos que sigan muriendo las Anas sin justicia. Sin saber lo que pasó a sus familiares. Con la verdad haremos justicia, y con la justicia, estaremos en pie de construir, por fin, el país que soñamos.

Escribe a título personal, Camilo Ariel García

PD. La gran fiesta de Ana González culminará en su funeral, el 28 de octubre en el Cementerio Católico. 

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