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Día del niño y la niña… ¿y les niñes?.

Por Daniel Saavedra

Agosto es el mes en que Chile se celebra el día del niño y el origen de esta festividad surge en el marco de la aprobación de la Declaración de los Derechos del Niño en Suiza, guardando relación con la idea de proteger a niños y a niñas de la desigualdad y el maltrato. La actual celebración del día del niño y la niña ha adquirido un fuerte énfasis comercial, se trata de una de las tantas conmemoraciones tomadas por el capitalismo, donde esa maquinaria incansable, que sobrecomercializa la vida y los vínculos, termina poniendo un único énfasis en torno al consumo. Así es como en distintos avisos de publicidad vemos, en pleno siglo XXI, a niños que visten de celeste y a niñas que visten de rosa, mismos niños que aparecen jugando con figuras de acción de superhéroes y niñas jugando con muñecas y peluches.

La publicidad una vez más al servicio del mercado, plasma su propia ideología, influyendo, lo queramos o no, en la subjetividad. Mientras estas publicidades eligen mostrar a niños con representaciones de personajes que salvan al mundo, (y a veces al universo), las niñas quedan relegadas al encuentro con muñecas o peluches, alejadas de tan épicos destinos, y mayoritariamente en el lugar de figuras que hay que proteger y cuidar.

Evidentemente, este hecho no basta para explicar por sí solo desigualdades sexogenéricas; es un botón de muestra de cómo las infancias -porque no hay una sola- se ven permeadas por un sistema cultural patriarcal. Quizás es algo que sea más sencillo -e inapelable de explicar- mediante algunas cifras.

Según UNICEF (2016), existe una importante desproporción con relación a cómo se distribuye la carga de las tareas domésticas por sexo. Entre los 5 y 9 años, las niñas dedican un 30% más del tiempo que los niños a las tareas del hogar. Como tantas otras desigualdades, éstas continúan su escalada, así entre los 10 y 14 años, el porcentaje de tiempo dedicado que las niñas le dedican a las tareas del hogar aumenta a un 50% en relación a los niños de esa misma edad.

En el marco de la Pandemia, el Centro de Encuestas y Estudios Longitudinales (2020) indicó que el 57% de los hombres adultos no destina horas semanales al cuidado de niños y niñas y que el 40% no destinó ninguna hora de la semana a ningún tipo de trabajo doméstico, como limpiar, cocinar o lavar ropa.

No se trata de una situación que se origine con la Pandemia, por el contrario, la Pandemia no trajo nada nuevo, sino que agudizó desigualdades ya existentes. Estos levantamientos de información dan cuenta de cómo operan mandatos de género, tan temprana y culturalmente instalados, cómo operan en el psiquismo y van moldeando cierto tipo de subjetividad, formas de ser y de desenvolverse en el mundo, qué cosas están permitidas para chicos y para chicas, qué es lo que deberían hacer y qué es lo que deberían desear, incluso desde la primera infancia.

Pienso en casos de niñes que desde muy temprana edad se identifican con un género distinto al del sexo asignado al nacer, “¿No es muy chico para eso? ¿No estará confundido? ¿No será una moda… o una etapa?” – podría replicar alguien, sin embargo, este argumento puede ser rápidamente derribado al constatar que la edad no aplica para quienes declaran ser cisgénero, tampoco para heterosexuales. Esas identidades y esas formas de deseo hegemónicas no se ponen en duda, no se alude a que alguien pueda “estar confundido”, “estar pasando por una etapa o una moda”, incluso aquellos que no declaran o explicitan su orientación ni su identidad, sino que es asumida e impuesta por otros, en general, y de mala manera. La heteronorma hace asumir que aquella persona a la que me dirijo es justamente de ese modo: heterosexual y cisgénero. Me parece que hay que estar atentos cuando los cuestionamientos surgen sólo en una dirección, pues pueden estar basados en desinformaciones y confusiones, no obstante, en otros casos desde su origen solo hay prejuicios y discriminación.

Qué es eso que está permitido y qué aquello que está negado o prohibido obviamente trasciende el ámbito de lo implícito y aparece en una colusión -que puede ser explícita o no- en otras esferas, por ejemplo, en ámbito legal.

Pienso en el caso no de uno, sino varios adolescentes; si bien es cierto están en una etapa muy distinta del ciclo vital, les incluyo debido a que la Convención de los Derechos del Niño, en tanto sistema internacional de promoción y protección de los derechos humanos, reconoce como niños y niñas a todas las personas de entre 0 y 18 años de edad. Es en ese marco en el que pienso en varios casos de adolescentes que manifiestan identificarse como una persona trans*, pudiendo incluso haber ya había elegido su nombre social, y en compañía y con el apoyo de su familia, han podido realizar algunos cambios, estéticos o cosméticos. Pese a ello desde las clínicas y hospitales se solicita un certificado, emitido por un profesional calificado, que pudiera avalar dicha decisión. “-Bueno, es que son menores de edad”. Es cierto, pero son menores de edad que cuentan con autorización de sus padres y su familia, quienes han avalado y acompañado esos procesos. No basta con el convencimiento íntimo del género que le adolescente declara, tampoco con la autorización de la familia, es necesario algún certificado de un “profesional” que sirva de garantía ante esa identidad que escapa de la heteronorma. ¿Qué es lo que hay detrás de todo eso? ¿Dificultad para aceptar la diferencia? ¿Miedo? ¿Desconocimiento? Francamente no lo sé, tampoco pretendo responderlo en este escrito, cuya única pretensión es compartir algunas preguntas y reflexiones, cuestionamientos micropolíticos, una invitación a la reflexión y revisión de esos afectos y espacios cotidianos, para no caer ni coludir en cuestionamientos que se pueden volver persecutorios, sistemáticos y muy violentos para las infancias disidentes. Por lo pronto, y a modo de cierre, me parece importante señalar que aún falta mucho para que niños, niñas y niñes sean considerados como sujetos políticos, con voz y poder de decisión, que puedan ser sujetos que puedan desarrollarse en espacios seguros, donde puedan explorar, libres de brutales cuestionamientos y libres de temor y agresiones, quiénes son.

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